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Nicholas Winton, el ángel del Hotel Evropa

Arantza Margolles Beran el 3 julio, 2015 - 11:13 am en A fondo, Historia

Corría el año 1988 cuando Grete Winton, de soltera Gjelstrup, decidió limpiar el sótano de su casa de Maidenhead, Inglaterra, en la que vivía con su marido Nicholas desde 1954. Grete y Nicholas se habían conocido justo después del fin de la II Guerra Mundial, cuando ambos trabajaban en la OIR, y desde que se habían establecido en Maidenhead llevaban una vida anodina, normal: tres hijos, una jubilación cómoda después de más de treinta años de trabajos de oficina y la perspectiva de una vejez tranquila. Pero aquel día Grete descubrió que no lo sabía todo de su marido, aquel financiero de cara apacible y nariz rotunda, marca indubitable de la tradición judía familiar a la que sus padres habían renunciado cien años atrás para abrazar el cristianismo. En el interior de una maleta de cuero ajado por el paso del tiempo, Grete encontró una libreta con las fotos y los datos, escritos con la cuidadosa letra de Nicholas, de más de setecientos niños con apellidos judíos. En cada ficha, dos direcciones: la primera, en Praga; la segunda, en Inglaterra.

Fue así como Grete descubrió el secreto que su marido había estado guardando durante más de medio siglo.

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Winton, el compromiso silencioso

Nicholas Winton, nacido en Hampstead en 1909, nunca fue un buen estudiante, pero sí una persona trabajadora y comprometida con las causas sociales que, desde la veintena, se había comprometido con los ideales socialistas y alternado los estudios nocturnos con su rutinario trabajo de bancario. El ascenso del nazismo haría que Winton, de posición relativamente acomodada, abandonase el confort de su vida inglesa en una fecha tan temprana como 1938. Desde el continente llegaban las preocupantes noticias -que no todo el mundo supo interpretar- de la represión, cada vez mayor, hacia los judíos en la Alemania nazi; en aquel año, el interés cada vez más acuciante del gobierno de Hitler hacia Checoslovaquia, patria de millones de judíos, hizo que Winton se decidiera, por fin, a actuar.

WintonEn una habitación del mítico hotel Europa, en Václavské náměstí (Plaza Wenceslao), al que cualquier turista habrá fotografiado en su visita a Praga, Winton comenzó a fraguar su leyenda. Sin recursos, sin contactos y sin idea de qué hacer pero teniendo muy claro el por qué hacerlo, Nicholas Winton decidió ayudar a todos los niños judíos que pudiera, encontrándoles una vivienda provisional en el extranjero, lejos del peligro nazi. Armado con una libreta, una pluma y ayudado por un teléfono y mucha labia, desde el pequeño escritorio de su habitación de hotel, logró obtener las garantías de ayuda del Gobierno del Reino Unido y el permiso oficial de Holanda para que cientos de niños judíos checoslovacos traspasasen, en tren, las fronteras, rumbo a las casas de acogida que Winton consiguió, también, apalabrar.

Casi setecientas vidas

Seiscientos sesenta y nueve niños fueron salvados por Winton de tan rudimentaria, pero eficaz, manera. Niños entre los cuales se encontraban futuros científicos, matemáticos, médicos, comunicadores, políticos, artistas, fueron salvados, desde aquella pequeña habitación del hotel Europa, de la muerte segura que sí esperaba, guadaña en mano, a sus padres. En septiembre del 38, la traición de Munich (Mnichovská zrada) firmada por Mussolini, Chamberlain y Daladier, por parte de la cual se permitía a la Alemania nazi anexionarse los Sudetes, territorios germanoparlantes de Checoslovaquia, con la vana esperanza de evitar la guerra, dio patente de corso a Hitler para campar a sus anchas por el país eslavo. En Munich también se firmó, con ello, la muerte de millones de judíos checoslovacos; pero Winton, a pesar de las enormes dificultades, siguió trabajando para salvar a cuantos más niños mejor.

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La ficha de admisión en Reino Unido de Eveline Prager, residente en Praga 2.

El último tren de niños organizado por Winton partió de la Estación Central de Praga el 1 de septiembre de 1939, el mismo día que Alemania invadió Polonia. Fue interceptado por los militares nazis y jamás llegó a su destino. La muerte de los doscientos cincuenta niños que viajaban en aquel convoy hizo que Winton se derrumbase. La Segunda Guerra Mundial acababa de empezar.

El reconocimiento

Y nunca quiso contarlo. No tuvo más remedio que hacerlo aquel día que Grete descubrió, encerrado en una vieja maleta al fondo del sótano, su secreto; por aquel entonces Winton ya tenía casi ochenta años y una esposa cabezota que no quiso morir sin haber hecho antes al mundo conocedor de las hazañas de su marido. Y lo hizo. Se puso en contacto con Esther Rantzen, por aquel entonces la mayor estrella mediática del Reino Unido, y el programa que conducía, That’s life!, llamó a Winton para participar como público. Lo que ocurrió entonces encoge el corazón.

Aunque más de la mitad de los niños salvados por Winton no pudieron ser localizados jamás; el programa encontró a un centenar, residentes aún en los domicilios de acogida que les había apalabrado el británico. La lista de niños reconocidos se ampliaría durante las dos décadas siguientes y Nicholas Winton vivió para verlo. Murió hace dos días, a los 106 años de edad.

Čest jeho památce. Honor a su memoria.

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