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Julio César de Austria: la furia del bastardo

Arantza Margolles Beran el 1 enero, 2015 - 7:18 pm en Historia
RodolfoII

Rodolfo II (1552-1612)

De puro deforme, sus retratos parecían más bien caricaturas; de raro le llamaban loco y le temían, incluso, sus más leales servidores. Rodolfo II de Habsburgo (1552-1612), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Hungría y de Bohemia, nieto de Carlos I de España y V de Alemania y fracasado delfín del hijo de éste, Felipe II, nunca llegó a casarse, tan grandes fueron sus ambiciones y tan conocida su extravagancia. Pero a un rey nunca le falta quien le dé amor, interesado o no, pasión y, a la larga, descendencia. El desequilibrado rey que dotó a Praga de fama mundial tras establecerse en ella huyendo de la peste en Viena tuvo no pocas amantes, pero sólo una favorita: Kateřina Stradová, hija y nieta de los anticuarios de origen italiano Strada, encargados de la manutención de la extensa colección de arte de Rodolfo II, parió seis hijos del emperador que llevaba la locura enquistada en la sangre.

Los hijos bastardos de Rodolfo II con la Stradová nunca fueron reconocidos por su padre ni, por supuesto, heredaron la basta herencia real, pero sí recibieron el apellido Austria y fueron colocados en provechosas carteras que les garantizarían una vida más que holgada. Matyáš, que murió joven, iba para cura; Carlos, militar, luchó contra los turcos en la Guerra de los Treinta años, Karolina llegó a condesa tras casarse bien, y Dorothea y Alžběta acabaron de monjas, la primera en Madrid, la segunda en Viena. Pero era el primero, aquel a quien su padre diera nombre imperial en honor a su noble origen, el favorito de los hijos que Rodolfo tuvo con Kateřina y el que le hizo dudar, sólo él, en la conveniencia de que sus bastardos heredasen sus titulos nobiliarios.

La Praga de Rodolfo II.

La Praga de Rodolfo II.

Un bastardo deseado

Julio César de Austria nació alrededor de 1585, fruto de la por entonces aún reciente relación de su padre y Kateřina Stradová, que contaba apenas dieciocho años de edad. El nacimiento del bebé produjo gran alegría en el emperador, ya mayor para los estándares de la época y para el que cada vez iba siendo más difícil elegir una esposa que le diera descendencia legítima. El pequeño bastardo se crió entre algodones, imponentes nodrizas y la promesa de que algún día, a la muerte de su padre, heredaría el Principado de Transilvania. Pero las ambiciones de Rodolfo para con su primogénito pronto se verían frustradas al comenzar a dar éste síntomas de un claro desequilibrio mental cada vez más preocupante. De casta le venía al galgo: Julio era tataranieto de Juana la Loca, primo segundo del esquizofrénico y raquítico Carlos, hijo de Felipe II, e hijo, mismamente, de aquel a quien ya veían en toda Europa como fiel reflejo de la podredumbre del árbol genealógico de los Habsburgo, tan frondoso y retorcido como tocado por la locura.

Como su primo Carlos, Julio César sintió desde pequeño una inclinación morbosa a torturar pequeños animales, pegaba y mordía  a sus amas de cría, frecuentemente era preso de ausencias que duraban horas y su agresividad aumentó de forma exponencial en el periodo de su adolescencia, hasta llegar a culminar en el presunto asesinato a golpes de uno de sus sirvientes. Leyenda o no este dato, algo, desde luego, hubo de pasar en 1606 para que Rodolfo II, que ya por entonces estaba sumido por completo en la locura, ordenase la reclusión de su hijo primero en el monasterio austriaco de Gaming y poco después en el bellísimo castillo de los Rosenberg en Český Krumlov.

Alcohol, sexo y violencia

Český Krumlov.

Český Krumlov.

Irónicamente, la reclusión en Český Krumlov proporcionó a Julio César una relativa autonomía, alejado ahora de las inquisitivas miradas de los miembros de la corte, y tiempo libre como para llevar a cabo todo lo que se propusiese. Enfermizamente alcohólico con apenas veinte años, déspota y violento con sus sirvientes, Julio César pronto se descubriría como heredero del muy comentado desenfreno sexual de los Habsburgo (dementes o no). Como su padre, comenzó a coleccionar amantes y pronto encontró a su favorita: la bellísima Marketa Pichlerová, la joven hija de Zigmund Pichler, el barbero cirujano que le practicaba al bastardo las sangrías que, por aquel entonces, se creía purificaban la sangre y ayudaban a recobrar la salud, la energía y el sentido común.

Zigmund no dudó en consentir que su hija pasase a vivir al castillo para compartir lecho con Julio César, tal era el elevado rango social y económico que podía llegar a adquirir, en aquellos tiempos, una amante real o cuasi-real. No tardaría en arrepentirse. El bastardo real, cada vez más desquiciado, comenzó a maltratar a Marketa más pronto que tarde, y una noche de 1607 cogió un enorme cuchillo y se dirigió a su alcoba. Sin furia ni prisa, Julio César se recreó en cortar a su joven amante tal y como, de niño, lo había hecho con cuanto pajarillo o ratón caía en su mano. Cuando ésta ya estaba convertida en un amasijo de carne y sangre, y al más puro estilo de la época, la defenestró: creyéndola muerta, arrojó su cuerpo inconsciente por la ventana. Por fortuna o infortuna, la Pichlerová cayó sobre una pila de basura lo suficientemente blanda como para salvarla, y sus gemidos alertaron a unos sirvientes que pasaban por allí. El cuadro ha quedado retratado para la historia más negra de los Habsburgo por el cronista palatino Václav Březan:

Estaba tan terriblemente dañada que su cuerpo ya no era una sola pieza, y fue en estas condiciones que él la tiró sobre unas piedras. Pero aquella no estaba llamada a ser su última hora, puesto que cayó en una pila de basura que le salvó la vida. Una vez se hubo recuperado, quiso esconderse de él, pero entonces él comenzó a ordenarle a su madre que volviera a su lado de nuevo.

Epílogo sangriento

Encaprichado de nuevo con Marketa, Julio César exigió su retorno meses después, cuando ésta ya estaba recuperada, encontrándose con la natural desconfianza de los padres de su amante. Corrían ya los últimos días de 1607 cuando Lucie Pichlerová, la madre de Marketa, fue arrestada por el real bastardo y encerrada, vestida tan sólo con un par de andrajos, en una de las celdas del palacio. La mujer del barbero aún aguantó cinco semanas antes de que las continuas torturas y la ausencia de comida y agua quebrasen su voluntad, pero el 17 de febrero de 1608 el instinto de supervivencia acabó por superar al maternal. Marketa volvería a su alcoba en el castillo de los Rosenberg. Y de inmediato.

La furia del bastardo no se haría esperar. Menos de 24 horas después del retorno de Marketa, y con el mismo cuchillo con el que meses atrás usase para recrearse sobre la fina y blanca piel de la muchacha, Julio César de Austria, el hijo del emperador, comenzó a descuartizar a su amante en vida. En el 18 de febrero -escribe en su crónica  Václav Březan- Julio, aquel horrible tirano y demonio, bastardo del emperador, le hizo algo increíblemente cruel a su compañera de cama, la hija del barbero, cortándole la cabeza y otras partes del cuerpo; y hubo de enterrarse ésta hecha pedazos dentro del ataúd.

Grabado del asesinato de Marketa Pichlerová.

Grabado del asesinato de Marketa Pichlerová.

La cruenta historia corrió como la pólvora de boca en boca por todo Europa, llenando de descrédito (aún más) al maltrecho imperio germánico y al trono bohemio. Rodolfo II, sumido ya por aquel entonces en la densa neblina de la locura, se vio obligado a autorizar que su hijo predilecto pasase a vivir en total clausura en una de las celdas de palacio, donde la demencia habsburga del bastardo no hizo más que incrementarse. Julio César de Austria acabó sus días -le quedaban pocos- en la más total inmundicia, dado que se negaba a bañarse y siquiera a asearse; rechazaba los platos de comida que le llevaban los aterrorizados sirvientes y, a base de arrojar las ropas por el ventanuco de la celda, comenzó a vivir desnudo. El 25 de junio de 1609, con apenas 24 años, apareció muerto en el jergón que le servía de cama en prisión. Cuentan que se le enterró en algún sitio aún hoy desconocido, emparedado entre dos muros del castillo, allá donde la memoria no le alcanzase y le cubriera pronto el olvido más absoluto que su desquiciada alma merecía. 

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