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Los macabros secretos de San Venceslao

La catedral de Olomouc, advocada a San Venceslao, ha sufrido decenas de modificaciones desde que fuera fundada en 1131. Hoy conserva el estilo neogótico con el que fue reconstruida en el siglo XIX.
Arantza Margolles Beran el 21 julio, 2014 - 5:51 pm en Olomouc, Rincones checos

La calle Mlčochova de Olomouc es angosta y descuidada, una de esas vías en las que a un turista no se le ocurriría adentrarse si no fuera, plano en mano, convencido de que a la vuelta de una curva bastante cerrada, iba a encontrar un verdadero tesoro: la plaza Venceslao (Václavské náměstí), sobre la que se alza la grandiosa catedral neogótica de San Venceslao y, justo al lado, el actual Museo de la Archidiócesis. Hoy en día, un paseo por la zona supone una experiencia ciertamente agradable para el caminante, al que le resultará bastante complicado, sin lugar a dudas, imaginarse que hubo un tiempo en que esa misma plaza fue testigo de conspiraciones, maledicencias, torturas, regicidios y hasta la misteriosa desaparición de un cadáver. Es la historia que encierran, prudentemente, los muros de la catedral y los de sus edificios anexos, guardándose el secreto tan sólo para quienes quieran escucharlo.

Un macabro gesto de amor

Rudolf

Rodolfo de Habsburgo, un arzobispo de gran corazón

A Rudolf Johannes de Habsburgo-Lothringen (Florencia, Italia 1788 – Baden bei Wien, Imperio Austríaco 1831) lo quisieron mucho y bien aquí en Olomouc, a donde llegó a los 31 años para servir como arzobispo, bien posicionado después de haber fundado la siderurgia de Vitkovice en Ostrava –hoy, por cierto, monumento nacional visitable y altamente recomendable para todos aquellos interesados en el patrimonio industrial-. Con motivo de la investidura como arzobispo de Rudolf, a la sazón nieto de quien fuera rey de España, Carlos III, el mismísimo Ludwig van Beethoven, que había sido su profesor de piano, compuso la Missa Solemnis, y tanto quiso el pueblo al buen Rudolf que, a su muerte en 1831, se vivió con desánimo la decisión de depositar su cadáver en el panteón familiar, en Viena. Pero, como no hay mal que remedio no cure, la solución al dilema se encontró pronto: para que ninguna de las partes se quedase sin poder profesar el amor que les unía con Rudolf, bastaba con abrir en canal su pecho y depositar el corazón en la cripta de la catedral de Olomouc, mientras que el resto de su cuerpo reposaba en Viena. Y ahí sigue hoy día, casi doscientos años después, tras una inscripción latina que reza “Rudolphi, archiducis purpurati antistitis Olomucensis cor quo vivus suos erat amplexus hic servatur perpetuum caritatis symbolum. Obiit IXCal AVC a d MDCCCXXXI aet XLIV Reg. XIII”. Toda una muestra de amor, no cabe duda, pero pelín macabra, eso sí.

Katedralaca1906

Vista de la catedral de Olomouc, circa 1906

Václav III, el de la vida muelle

A Václav III (Venceslao, en español; 1289 – Olomouc, 1306), séptimo rey de Bohemia, trigésimo sexto de Polonia y vigésimo segundo en disputa de Hungría, la fama le precedía: era pendenciero, borracho, jugador y mujeriego con el ímpetu que sólo puede tenerse con los quince años que tenía Václav cuando heredó los envenenados tronos de su padre. El segundo Venceslao murió tuberculoso tras haber luchado a cal y canto, diplomática y militarmente, por mantener el derecho de los Premyslidas, la saga familiar, al trono húngaro, frente a las pretensiones de los nobles partidarios de Caroberto de Anjou. Había conseguido prometer al joven Václav con Isabel Arpád (en checo, Alžběta Arpádovna), la hija del rey polaco, y, a cuatro días del enlace, Václav rompió el compromiso con la niña –que apenas si contaba trece años- por haberse encaprichado de Viola Těšínská, la joven hija de un duque que servía al futuro rey y de la que se decía tenía una belleza rutilante. Lo suficientemente rutilante, claro, como para echar al traste todas las pretensiones al trono húngaro y, además, contraer un matrimonio desigual contra el que se manifestaban todos los seguidores de Václav. El qué le daba Viola realmente, si una mera razón de estrategia política o algo más bien carnal, no se sabe con exactitud, pero sí que tamaños desplantes a lo establecido hicieron que Václav comenzase bien pronto a labrar su fama de príncipe consentido y revoltoso que anteponía la lujuria a los intereses de sus tres coronas, tres. De él, y tras su muerte, diría Dante Alighieri en la Divina Comedia que

Véase la lujuria y vida muelle
de aquel de España y del de la Bohemia
que ni supo ni quiso del valor.

El misterio del cadáver real

VaclavIII

Václav III

De cualquier modo, sobre la conciencia de Václav III pesará siempre el haber sido el último rey de una saga que llevaba cuatrocientos años gobernando Bohemia.  Y bendita la gracia que debió hacerle, porque si perdió el trono fue porque alguien, cuyo nombre no ha trascendido a la historia, le asestó tres puñaladas mientras dormía en la casa del deán de Olomouc, en el edificio que hoy conocemos como Museo de la Archidiócesis y adjunto a la catedral. Ocurrió el 4 de agosto de 1306, en una tarde de intensísimo calor que había dejado exhausto al joven rey. De ahí la siesta improvisada. Durante muchos años se creyó culpable a Konrad de Botenštejn, al que pillaron corriendo por la plaza Venceslao como alma que lleva el diablo, con las ropas ensangrentadas y gritando que alguien había matado al rey y siendo detenido de ipso facto por los guardias. De la impresión, el de Botenštejn perdió el habla y jamás pudo confesar lo que sabía o dejaba de saber. Hoy en día, los historiadores apuntan más bien al soborno de los guardias que defendían la casa del deán por parte de ciertos grupos de la nobleza bohemia, descontentos con el joven rey, por parte de Vladislav Lokýtek, aspirante al trono polaco, o de Albrecht I de Alemania, de la familia Habsburgo, que quería asegurar el destino de su numerosa prole haciendo uso de alguno de los terrenos gobernados por Václav. Albrecht quien, por cierto, era el abuelo de quien fuera la prometida rechazada por Václav. Todo quedaba en familia.

Sea como fuere, la muerte de Václav puso fin al gobierno premyslida en Bohemia y su cadáver se enterró apresuradamente y sin gran boato en la catedral de Olomouc, por miedo a que el elevado calor de la época lo corrompiese. Allí permaneció veinte años y se le perdió el rastro cuando su hermana Eliška quiso mover el enterramiento al panteón familiar en Zbraslav, cerca de Praga. Ora en el desplazamiento, ora antes o después, los restos del joven rey se perdieron (o los perdieron) sin que hasta hoy se sepa absolutamente nada de su paradero. Todo un misterio de todos los que aún guarda la catedral de Olomouc.

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La catedral y el actual Museo, circa 1918

Para ir:

 

Catedral de Olomouc y Museo de la Archidiócesis

Václavské náměstí (tranvía: U dómu)

Catedral: Entrada libre durante todo el año. L-S 6,30 a 17,45h y D 7,30 a 18h.
Cripta: Abierta diariamente de mayo a octubre, L M X 10 a 17h, J 9 a 16h, S 9 a 17h y D 11 a 17h.
Museo de la Archidiócesis: Abierto diariamente, salvo los lunes, en horario de 10 a 18h. La entrada ronda las 50-100 coronas (gratis los domingos) y se puede comprar combinada con otras. Más información.

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