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Jiří Schelinger, el rockero que cantó a las palomas

Arantza Margolles Beran el 18 julio, 2014 - 12:30 am en Cultura

Han pasado más de treinta años y, sin embargo, Jiří Schelinger sigue dando que hablar entre el pueblo al que por entonces le ocultaron todas las circunstancias de su misteriosa muerte. Quizás precisamente por eso se ha convertido en una leyenda cuyo desdichado fin aún llena tabloides y protagoniza conspiraciones imposibles. Pero sólo hay, y habrá, un testigo que sepa a ciencia cierta qué pasó con aquel rockero de melena rubia y voz ronca: el río Danubio, a su paso por Bratislava, a donde cayó su cuerpo inerme en abril de 1981.

El primer lío con las autoridades le llegó a Jiří Schelinger en 1968, cuando tenía diecisiete años y después de que los tanques soviéticos aplastaran los adoquines de las calles de Praga. Los rusos le pillaron, a él y a otros compañeros, cuando pegaban carteles contra la ocupación; cuentan que de su cabeza había surgido, entre otras rimas procaces, la frase que más ofendió a los invasores:

Rusáci a uzený nejlepší jsou studený!

Los rusos y los embutidos, como mejor están, es fríos.

Porque Schelinger era músico, poeta y rebelde de los 60. Le habían impuesto, de crío, el piano; él eligió la guitara y sazonó las notas de ambos instrumentos con las gotas de rebeldía propias de cualquier rockero de la época, esas gotas que se les atragantaban a los ocupantes y les impedían digerir bien la melena rubia de Schelinger, sus versiones de la música occidental -aún es más: ¡anglosajona!- y desacatos a la autoridad como el arriba mencionado, aún cuando la legitimidad de aquella autoridad era más que discutible. En la cárcel, encerrado por sus rimas, el jovencísimo Jiří intentó suicidarse por vez primera, demostrando, por fortuna, no tener la misma mano con la muerte propia que con la música.

A pesar de las restricciones políticas, que en un primer momento no fueron tan fuertes como para impedir a Schelinger formar parte de algunos grupos de blues y cantar en inglés, los años de la primera Normalización podrían considerarse una de las épocas doradas de la música checa. Y Jiří no se iba a quedar atrás. Tres años después de su primer encontronazo con el gobierno, pasó a formar parte del grupo Faraon, liderado por Karel Šíp (Praga, 1945). El primer éxito, el que acabó por lanzar a la fama la rotunda voz de Schelinger, lo compusieron Zdeněk Svěrák (Praga, 1936) y Jaroslav Uhlíř (Praga, 1945) y se llamó Holubí dům (La casa de las palomas).

Zpívám ptákům a zvlášť holubům,
stával v údolí mém starý dům.
Ptáků houf zalétal ke krovům,
měl jsem rád holubích křídel šum.

Vlídná dívka jim házela hrách,
mávání perutí víří prach.
Ptáci krouží a neznají strach,
měl jsem rád starý dům, jeho práh.

Hledám dům holubí, kdopak z vás cestu ví,
míval stáj roubenou, bílý štít.
Kde je dům holubí a ta dívka kde spí,
vždyť to ví, že jsem chtěl pro ni žít.

Sdílný déšť vypráví okapům,
bláhový, kdo hledá tenhle dům.
Odrůstáš chlapeckým střevícům,
neslyšíš holubích křídel šum.

Nabízej úplatou cokoli,
nepojíš cukrových homolí.
Můžeš mít třeba zrak sokolí,
nespatříš ztracené údolí.

Hledám dům holubí, kdopak z vás cestu ví,
míval stáj roubenou, bílý štít.
Kde je dům holubí a ta dívka kde spí,
vždyť to ví, že jsem chtěl pro ni žít.

Zpívám ptákům a zvlášť holubům,
stával v údolí mém starý dům…

Le canto a los pájaros y a las palomas
que solían posarse en el valle de mi vieja casa.
Una bandada de pájaros volaba a los arbustos,
me gustaba el sonido del aletear de las palomas.

Una chica preciosa les tiraba guisantes,
el aleteo de sus alas levantaba el polvo.
Los pájaros la rodeaban sin miedo,
me gustaba aquella vieja casa, su umbral.

Busco a la casa de las palomas, ¿alguien sabe el camino? 
Tenía un entramado de madera, un escudo blanco.
¿Dónde está la casa de las palomas y aquella chica que duerme, ella sabe que sólo por ella yo quería vivir.

La lluvia habla sobre el tejado:
está loco quien busque esa casa.
Cuando dejas de llevar zapatos de niño
no oyes ya el aleteo de las palomas.

No importa qué ofrezcas a cambio,
no volverás a comer piruletas.
Aún cuando tengas vista de halcón
no podrás ver el valle perdido.

Busco a la casa de las palomas, ¿alguien sabe el camino? 
Tenía un entramado de madera, un escudo blanco.
¿Dónde está la casa de las palomas y aquella chica que duerme, ella sabe que sólo por ella yo quería vivir.

Le canto a los pájaros y a las palomas
que solían posarse en el valle de mi vieja casa…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Schelinger2

De la mano de František Ringo Čech (Praga, 1943), Schelinger evolucionaría en los siguientes años a un estilo menos suave, llegando a convertirse en el primer cantante hard rock de Checoslovaquia. Todo un reto en un país en el que cualquier incursión occidental era vista con desconfianza por parte de un gobierno al que, por otro lado, los intelectuales y artistas le pisaban los talones: en 1976, la detención de los miembros de la banda Plastic People of the Universe acabó por generar el movimiento de repulsa que daría origen a la Carta 77. En respuesta, el gobierno checoslovaco produjo una Anti Carta supuestamente redactada por cientos de artistas favorables al régimen y que fue firmada frente a las cámaras de televisión en pleno Teatro Nacional. Entre ellos estaba Jiří Schelinger, reconvertido en menos de una década de estudiante perseguido por los ocupantes a artista alabado por sus sucesores. Sólo se sabría mucho más tarde que aquellos cantantes, liderados por el arrollador Karel Gott, habían sido obligados a presentarse en el Teatro Nacional so pena de ver destruidas sus carreras musicales.

Schelinger3«Museli to podepsat, jinak by byl konec» («Tenían que firmar, sino sería el fin»), declaró la que por entonces era esposa de Schelinger, Jitka Poledňáková, en 2008. Jiří hubiera preferido, según sus propias palabras, arrancarse las manos que firmar un manifiesto que a partir de entonces le situaría en el bando de los traidores. Pero la cuestión era sobrevivir. Schelinger era un plato demasiado jugoso, a la par que incómodo, para sostener el régimen dándole imagen de modernidad y progresía.

De cualquier modo, la fama de Schelinger seguiría creciendo en los años finales, y más duros, de la década de los 70, y, quizás para subsanar la traición a la que se había visto obligado, el cantante, que hasta entonces y desde el inici
o de su fama, según su mujer, se había mantenido en un plano más bien apolítico, redobló sus contactos con los opositores al régimen y, especialmente, con los miembros de la cultura alternativa, los cartistas que tan poco gustaban al gobierno.  Y entonces todo se acabó.

En la cumbre de su fama, en 1981, Jiří Schelinger fue invitado a formar parte de un programa de televisión que se rodaría en Bratislava. No llegó a superar el 13 de abril. Se cuenta que la noche de aquel día un testigo anónimo vio cómo el cantante se tiraba del Puente Viejo para morir ahogado en las aguas del Danubio, un hecho silenciado por la prensa y la televisión checoslovacas. Un mes después, un cadáver apareció a las orillas del río y fue rápidamente identificado como el de Schelinger, sin que se hallasen explicaciones a tan súbito suicidio y sin que ningún miembro de su familia directa o amigos más cercanos tuviera acceso al cuerpo. Las teorías sobre qué pasó aquel día son muchas, a gusto del consumidor. Desde la de su esposa Jitka, que cree que fue el consumo excesivo de drogas -especialmente marihuana- el que llevó al suicidio a su marido, a la que por entonces creyeron gran parte de los checoslovacos: que la policía secreta se había encargado de él. Pasando, claro, por otras explicaciones menos factibles y tan fantasiosas como el que aquella no fuera sino una falsa muerte para ocultar el hecho de que Schelinger hubiera conseguido huir al extranjero para escapar de la Checoslovaquia comunista (algo que sí conseguiría, años después, el cantante Waldemar Matuška).

Probablemente nunca se sepan a ciencia cierta las verdaderas razones de la muerte o suicidio, si lo fuere, de un cantante que, como todos los grandes, se marchó demasiado pronto, impidiéndonos saber qué nuevas canciones rondaban su mente y cómo hubiera vivido el fin, tan próximo ya, del régimen que un día había rechazado hasta llegar a poner en entredicho su propia vida.  Se le puede ir a llorar, si así lo desease el lector, al cementerio de Olšany, en Praga. Allí, bajo una losa de granito negro, reposan sus restos. O eso, al menos, fue lo que aseguró la Policía Secreta.

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